Te hablo desde un lugar, donde los animales después de pasar por la vida tiene su final.
Vosotros los humanos les llamáis cielo, paraíso, edén…
Tal vez algunos de vosotros, me preguntaríais -¿Cómo que un cielo para animales?-
¡Pues sí un paraíso para animales, un lugar reservado por el Creador para sus criaturas “irracionales”!
Soy uno de esos animales que ha pasado por la vida del hombre desapercibido.
He sido necesario, he aliviado su trabajo cargando yo con todo el peso. Sobre mi espinazo he sufrido palizas despiadadas. La vara de la brutalidad se ha descargado contra mí, y con mansedumbre soporté el dolor.
A lo largo de la historia del hombre, nuestra presencia dócil y resignada ha sido determinante.
Como animal de carga; como medio de transporte y en las labores del campo. Somos capaces de andar por lugares áridos y escarpados. Dicen que somos animales solitarios-¿acaso el hombre nos ha dado la oportunidad de ser animales sociables?
Las civilizaciones más antiguas de la tierra han sido levantadas con nuestra fiel ayuda.
Fuimos domesticados por los egipcios, hace más de cuatro mil años. Y somos más longevos que otros équidos.
No quiero seguir contando la historia de los burros .Yo soy un burro.
Un asno, un rucio, un borrico, un jumento… etc.
Cuando los humanos quieren insultar a un semejante los llaman burro:
Burro = persona ignorante y necia.
Necios e ignorantes, torpes y tozudos…...
Unos calificativos que no nos han ayudado.
¿Es de burros deslomar a palos a un inofensivo animal?-pregunto- ¿ En este caso quién es el burro…?
Pero no todo es tristeza en nuestra humilde historia.
El Señor nos tuvo en cuenta y estamos presente en los momentos más grande de la historia.
Un burro llevó en su montura a Maria la Madre de Dios en su huida hacia Egipto.
Jesús nació en un pesebre al calor de un buey y una mula -hija de un burro y una yegua-
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén para su sacrificio, fue a la grupa de un pollino.
El Señor nos distinguió con este honor, sabedor de lo triste y resignada que era nuestra vida.
No tengo envidia de los caballos- mis primos- ellos han sido siempre hermosos, admirados.
La vida ha cambiado tanto, que los burros ya no somos necesarios.
Estamos al borde de la extinción- ¡quién lo diría!-
Ahora nos miman, nos meten en reservas, y nos tratan como unas criaturas curiosas.
Pero ese no ha sido mi caso. El mundo de hoy es cruel y despiadado.
Se puede disculpar y perdonar la ignorancia, la zafiedad de antaño, producto de la incultura, de un mundo embrutecido por el hambre y por el atraso.
Pero se supone que el mundo de hoy en algunas cosas ha cambiado…
Los animales tan necesarios en otros tiempos para las faenas del campo y para el transporte, hemos sido relegados; ya no contamos para nada en la vida laboral del hombre; sólo como animales de compañía..
Por desgracia la suerte no me acompañó en mi vida terrenal.Fui vendido en unas de esas pocas ferias de ganado que aún existe.
El hombre que me compró, lo hizo como regalo para unos de sus hijos. Durante un tiempo fui mimado y casi tratado como un juguete. Poco tiempo duró el capricho; el niño malcriado se cansó pronto de mí y fui apartado, excluido de la vida de ésta familia.
Me llevaron a un páramo seco y triste, abandonado de la mano de Dios.
Y se olvidaron de mí para siempre.
Le pagaron a un hombre para que me diera agua y de vez en cuando heno.
Era huraño de maneras bruscas. Yo no le gustaba era evidente, porque siempre me atizaba con lo primero que encontraba a su paso.
Siempre le tuve miedo; nunca me fié de él. Y no me equivoqué.
No sé que arrebato sufrió ese hombre. Que pasaba por su cabeza; el caso es que la emprendió conmigo. Toda su ira la descargó sobre mis pobres huesos y digo bien, porque yo solo era un saco de huesos.
Fue tal la paliza que sufrí, que no me podía mantener en pie. Tan cobarde y miserable fue aquel hombre que ni siquiera me dio la oportunidad de salir corriendo, pues mis patas delanteras estaban atadas.
Durante días no me pude mantener en pié, molido a palos y ensangrentado, el final de mi vida estaba cerca.
En aquel erial alejado de la mano de Dios, pasé noches de tremendas heladas.
Yo no sentía nada, mi cuerpo estaba entumecido por el frío y el dolor.
Un rayo de luz iluminó mi vida cuando apareció por aquél lugar, un alma caritativa. Se apiadó de mí, curó mis heridas y como el buen samaritano me dio de beber.
Éste buen hombre me llevó a su casa, preparó un pequeño establo, me alimentó y me ofreció cariño y protección.
Mis heridas sanaron.
Durante unos años fui feliz y querido por este hombre y su familia.
Ellos no vivían en el campo. Su vivienda estaba en el pueblo cercano. Aún así no dejaban de visitarme todos los días.
Todo ocurrió de noche, unos malvados entraron en el pequeño pesebre. Yo recordé la misma mirada de aquél maltratador de antaño en aquellos hombres.
Aquellos cuatro cobardes me torturaron, me rompieron las patas, me cegaron los ojos con un palo y acabaron con mi vida de la manera más vil y terrible que se pudiera pensar. “Agradecí la muerte, pedí la muerte para que acabara aquel tormento”.
No quiero pensar en el ser humano como una criatura monstruosa; tuve la suerte de encontrarme con aquel hombre, con aquella familia que durante un tiempo me quiso y me cuidó.
Yo soy una criatura, una más que ha muerto por la brutalidad del hombre. De algunos hombres. Malos para sus propia especie… Y para el resto de las criaturas que compartimos este planeta.
Sí, también las criaturas irracionales tenemos nuestro cielo.
Consuelo.T.Ojeda.


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