Ríos y arroyos desbordaron sus aguas; enloquecidas arrastraron todo a su paso, el bosque arrasado quedó prisionero de su propia desolación.
La pequeña casa resistió los embates del viento y la lluvia como una fortaleza medieval. Sus cimientos sólidos como rocas de granito, se aferraron a la tierra como si de la misma madre naturaleza se tratara.
Los habitantes del bosque huyeron despavoridos buscando refugios seguros; el desastre se había consumado dejando la floresta arrasada y la vida animal al borde de la extinción.
La calma llegó al bosque, la pesadilla dio la bienvenida a la hermosa luz del día; truenos y rayos enmudecieron, cúmulos, cirros y nimbos, saludaron al azul añil que vestía los cielos.
Pájaros e insectos retornaron al bosque; asustados conejillos asomaban sus orejas detrás de los arbustos despojados de hojas.
En medio de la desolación renacía de nuevo la vida.
Las aguas de los ríos y arroyos volvieron a su cauce, de nuevo el orden reinaba en el bosque.
Los habitantes de la casa confiados en la fortaleza de su vivienda, contemplaron con asombro como el bosque sufría la furia del viento y la lluvia, árboles arrancados de raíz fueron arrastrados como cantos rodados.
La naturaleza enfurecida no había dejado nada a salvo en el bosque.
Con la nueva luz del día volvió la esperanza ante tanto desastre; la naturaleza arreglaría de nuevo su propia destrucción.
Un viejo matrimonio vivía en la pequeña “fortaleza”.
Amaban el bosque y lo veneraban, cazaban para vivir respetando una ley invisible que la propia naturaleza se había encargado de tejer.
El bosque generoso con ellos, nunca les escatimó los alimentos.
Ahora el bosque sufría las consecuencias de una terrible tempestad y en silencio, pedía ayuda a todos los que vivían de el.
Agradecidos al bosque; todas las criaturas vivientes se pusieron manos a la obra.
El bosque fue reanimado, vivificado, resucitó de su propia ruina.
Árboles y plantas reverdecieron y la vida animal fue acogida de nuevo a al amparo del Creador.

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