Al pasar la barca

Al pasar la barca

domingo, 23 de enero de 2011

La granja de tía Coclo





 Era la más vieja de la granja, todos las veneraban por vieja y por sabia.
Los consejos de la tía Coclo eran respetados y agradecidos, nadie se iba a dormir sin escuchar una larga retahíla sobre su larga y azarosa existencia.
¡Gallina vieja, hace buen caldo! De cómo librarse de la olla del puchero la vieja gallina podía dar grandes lecciones de supervivencia.
Cual una indiana Jones  gallinácea fue sorteando obstáculos insalvables.
 Fue perseguida, acosada y dada por imposible; pues no se dejaba atrapar.
 Por esto fue considerada la primera  heroína del gallinero.
 Nunca puso un huevo, jamás un pollo la cortejó; aun así era la madre de todas las gallinas y gallos de la granja.
Tan solícita era nuestra vieja gallina que ayudó a empollar todos los huevos de la granja, pues siempre se prestaba a ello cuando las futuras mamás gallinas tenían que salir al corral para comer y cacarear.
Las mamás gallinas orgullosas de la vieja Coclo la ponían de ejemplo a sus hijos.
La veterana gallina tenía mucho que enseñar a los jóvenes pollos. (De cómo correr delante de los granjeros y no ser atrapados para terminar en una cazuela)
Recibirían lecciones prácticas de supervivencia:
Tener ojo avizor.
2º“Dormir con un ojo abierto”.
3º Correr todo lo que se pueda sin mirar atrás.
4º Subir al palo más alto que halla en la granja lejos del alcance del granjero; “si se puede al tejado”.
5º Tener la mentalidad de un águila y volar, volar, aunque no se llegue muy lejos.
Éste era el código del superviviente en la granja de la tía Coclo.  
Los pollos con mucho interés recibían las lecciones de la vieja gallina que como una guerrillera impartía las clases al estilo militar.
Existía una leyenda en la granja desde hacía mucho tiempo. Se hablaba de un lugar donde las aves vivían una vida feliz hasta morir de viejos, sin acabar sus días en un puchero ¡Claro que nadie de la granja había conocido a alguien que les confirmara la realidad de aquel paraíso!
Todas esas historias son pura leyenda
-dijo el gallo más viejo del corral-
Serán leyendas, pero yo oí hablar una vez a un pato de esa misma historia y te aseguro que ése pato un día se marchó y el granjero nunca más supo de él-comentó tía Coclo-
-¡El paraíso de las gallinas! Todo es una trola ¿Para qué hacerse ilusiones? Éste es nuestro mundo y no creo que halla humanos que  quisiera hacer por las gallinas algo así-comentó muy enfadada una gallina gorda como una calabaza-
Coclo oía atenta a unos y a otros. Pero su pensamiento estaba en otro sitio.
Y pensando, pensando, decidió poner atención a todo lo que hablaban los humanos. Esos sí sabrían algo…..
Cuando el gallo cantó anunciando el día,
Coclo ya estaba esperando al granjero subida a un palo, “salvando las distancias con el hombre” pues no se fiaba de las reacciones de los humanos.
Sigilosamente lo persiguió durante todo el día. Poniendo atención a todo lo que hablaba con su mujer.
Picoteaba la tierra en busca de semillas y  ¡Oooooh, un suculento gusanillo que se llevó al coleto!
 Extrañado el granjero de que  la vieja gallina le siguiera como un perro faldero, se lo comentó a su mujer -La vieja Coclo no para de seguirme; ésta gallina rebelde que no deja que nadie se le acerque debe estar perdiendo la cabeza.
-¡Dale confianza y atrápala. Ya va siendo hora de que esa vieja gallina acabe en la olla, hará un buen caldo. —comentó la mujer.
A la vieja Coclo se le puso las plumas de puntas y salió corriendo como si se la llevara un torbellino.
 ¡Tenía que cambiar de estrategia si quería seguir viva! Vigilaría pero sin dejarse ver.
De ahora en adelante escucharía  detrás de las puertas a buen recaudo del granjero y de su esposa.
Los días pasaban y Coclo no oía ninguna conversación interesante.
Los problemas del granjero eran; que las gallinas ponían pocos huevos y que tenía demasiados gastos.
Los de su esposa no eran distintos.
Eso sí, deseaba que Coclo terminara sus días en la olla.
La vieja gallina no dormía por las noches. Soñaba que la granjera venía buscarla cuchillo en mano para cortarle el pescuezo y guisarla en pepitoria.
Convocó en asamblea a todo el gallinero.
Y les comunicó su preocupación.
Esto dejó muy intranquilo a todo el corral. Que su líder estuviera en el punto de mira de la granjera era muy grave.
Acordaron que todas las noches vigilaría uno. Para que la heroína pudiera descansar y seguir acechando a los granjeros en busca de las ansiadas novedades.

Camuflada como en sus mejores tiempos de “guerrillera gallinácea”, confundida con los matojos, detrás de las tapias, subida a los tejados, persiguió al granjero durante semanas.
La frustración se fue adueñando de todos pues no tenían noticias de su ansiado paraíso.
Un día apareció por la granja un vecino del pueblo. Coclo dio la voz de alerta a toda la granja.   
Cuando entraron en la casa, la gallina saltó hasta el alféizar de la ventana, y puso atención a todo lo que allí se dijo.
-Diez gallinas desaparecieron de mi granja hace un par de semanas- dijo el visitante-
Sé que escaparon por la noche y nada sé de ellas desde entonces.-
¿Adónde van a ir unas gallinas? Terminaran atropelladas en alguna carretera. -dijo el granjero-
-Tengo entendido que hay un lugar donde las gallinas viven en libertad, donde pueden morir de vieja sin que acaben en la olla. Una especie de paraíso para aves o gallinas.
-¡Eso no puede ser cierto! Un paraíso de gallinas vaya tontería-dijo la mujer del granjero- riendo a carcajada.
-Algo de eso he oído en el pueblo -¿Te imaginas si nuestras gallinas se enteran de una cosa así? ¡Sería nuestra ruina!
-¿Y se puede saber dónde está ese paraíso? –preguntó la granjera bromeando-
No lo sé, dicen que de eso se encarga ciertos grupos de gallos que se hacen llamar “los rescatadores”. El lugar secreto según he oído está camuflado entre las montañas. ¡Un lugar idílico!- comentó desconcertado el visitante.
-No me creo que nadie sepa dónde está ese lugar ¡Ya no hay secretos! -dijo el granjero muy enfadado-
A Coclo ésta conversación  le puso las plumas como escarpias .La leyenda era cierta. ¡Que alegría!
Saltó del alfeizar de la ventana y como una bala salió disparada hacia el gallinero cacareando y tocando a retreta.
Todo el gallinero se reunió en perfecta formación. La cabecilla de la futura fuga los puso al corriente de las últimas novedades.
Contentos y esperanzados por la noticia decidieron ponerse “patas” a la obra y buscar los contactos para salir de la granja cuanto antes.
Coclo más entusiasta que nunca, siguió espiando a los granjeros durante los días siguientes a la buena nueva.
 Una noche cuando el gallinero dormía y el centinela de turno hacía su guardia, apareció un extraño que se dirigió al guardián.
Era un guapo gallo. Le dijo al centinela que quería entrevistarse con la vieja gallina.
 Coclo quedó impresionada por aquél valiente.
Éste gallo era de “los rescatadores”; se encargaría de sacar a todas las gallinas, gallos, patos y otras aves que quisieran dejar la granja.
Y llegó la noche. Todos en una larga fila y en un silencio fantasmal fueron saliendo de la granja.
Los pequeños pollitos dormían tranquilos debajo del ala de sus madres que atentas al  menor ruido esperaban ansiosas la llegada de “los rescatadores”.
Coclo, con sus plumas de camuflaje se hizo con la cabeza del numeroso grupo.

Escondidos por las veredas, atravesaron carreteras, campos y bosques. Ocultos por el día y viajando por la noche llegaron a un valle, verde e impenetrable como una selva. Discurría un gran río que turbulento bajaba por una ladera tan alta y escarpada como una montaña del Himalaya.
El variopinto grupo de gallinas y ánades, miraban asombrados aquel paraíso que sus inocentes ojos jamás habían osado ver. Habían nacido en una granja, jamás vieron otra cosa que no fueran humanos, vallas y corrales.
Coclo emocionada y alterada por los constantes guiños de un gallo de “los rescatadores” corrió ladera abajo, disfrutando de la libertad estrenada. Tal entusiasmo puso que cayó rodando por un precipicio, el gallinazo que dio fue colosal.
 ¡Ni un jefe de estado recibió tantos honores ni tantos agradecimientos!
Fue llorada por todos. Pero aún fue más “añorada” por la esposa del granjero que se quedó sin gallinas y con las ganas de echarle el guante y desplumar  a la más rebelde del corral. RIP.
                                                                                                                     Consuelo.T.Ojeda

sábado, 22 de enero de 2011

Soy una gota de agua



Soy una goooota de agua. Mi madre es una gran nube.Tengo millones de hermanas que juntas caemos sobre la tierra.
Nacemos de los mares y grandes ríos,
cuando el calor del sol evapora a mi abuela  la humedad. Entonces nace mi madre la nube.
Después de crecer y ponerse inmensa cambia de color, del gris a negra y colisiona con un nubarrón malencarado que es nuestro padre y nacemos nosotras la lluvia
¡Como nos gusta viajar! Cuando el viento mi tío nos lleva de un lugar a otro.
Cruzamos altas montañas, valles y ríos, ciudades y pueblos en nuestro recorrido.
Cuando llegamos al mar el viento azota los grandes barcos que como cáscaras de nueces bailan al son de de las olas.
Temibles nubarrones ponen la música a aquella danza invencible, donde los barcos luchan para evitar el naufragio.
Gotas minúsculas como yo, aguardan dentro de nuestra madre para caer cuando los jóvenes nubarrones pierden su fuerza e ímpetu y la furia del viento se apacigua.
 Los días que papá nubarrón tiene un mal encuentro con otros furibundos nimbos, ¡Menudo concierto se forma en la atmósfera! Miles de rayos y truenos se disputan a ver quién es más ensordecedor.
Cuando  mi padre está de malhumor va de negro negrísimo.

                                            




Hoy mamá nube lleva tronando todo el día, mi padre el muy caradura está en el Caribe y le ha comentado que se ha encontrado con una antigua amiga; una tormenta tropical más peligrosa que un tsunami japonés.
Dice que nació en Cuba al son del ritmo caribeño, lleva detrás de ella  una cohorte de jóvenes rayos que la anuncian ruidosamente por donde quiera que va.
Es tan turbulenta, que es la más temida de todas las tormentas que por allí aparece.
Por eso madre está tan furiosa, y no ha parado de retumbar. Por un momento deja al sol brillar y al instante, empieza a cubrir el cielo de nubes, tronando y dejando caer agua furiosamente….
Yo estoy en la tierra para cumplir de nuevo el ciclo de la lluvia.
Truenos y más truenos se han desencadenado iluminando los cielos. Así se presentó la tormenta caribeña y mi padre se dejó llevar por el temperamento de la cubana; arrasaron playas, arrancaron todo lo que se puso por delante, cientos de barcos naufragaron y encallaron en la costa.
Fueron la comidilla de los humanos durante semanas.
Cuando llegaron a nosotros se  les había aplacado el frenesí.
¡No sé qué le habrá visto a esa bruja “tropicana”- tronaba mamá!
Mamá decía que venían cargados de  ron caribeño.
Cuando llegaron hasta nosotras ya les esperaba con unos truenos de mil demonios. Toda la fuerza la habían perdido en la costa, así que mamá puso toda la furia. Nuestro tío el viento hizo  todo lo demás empujando a los dos juerguistas mar adentro y convirtiéndolos en una borrasca de verano. Entre ella y mi padre colocó un anticiclón que durante varias semanas le impidió acercarse a mi madre.
Durante ese tiempo adornamos el cielo con las más hermosas y blancas nubes; un cielo azul con unas grandes y esponjosas pinceladas.
No tardaría mucho tiempo en aparecer negro y amenazador mi padre el gran nubarrón........                                                                                                                                  Consuelo.T. Ojeda.