Al pasar la barca

Al pasar la barca

miércoles, 16 de marzo de 2011

El árbol de la doncella



En un lejano país vivía una joven campesina. Era una chica linda pero no la más bella del lugar. Era agradable y simpática y por ello era admirada y querida. Trabajaba de sol a sol  ayudando a su padre en las pocas tierras que poseían.
Tenía por costumbre ir a por agua a la fuente del pueblo. Era una fuente grande con un gran pez en medio; de la boca del pez salía un gran chorro de agua. Sus aguas tenían famas  de curativas.
Una mañana cuando Ana (así se llama nuestra protagonista) llenaba su cántaro en la fuente, apareció un hombre mayor que acercándose a ella le comentó – Soy un rico comerciante, necesito a una esposa pues soy viudo y con cinco hijos a mi cargo. Te he visto muchas veces venir a la fuente por agua, eres trabajadora y bella. Te pido que te cases conmigo, tendrás dinero y riquezas y  jamás tendrás que volver a la fuente por agua.
Ana, no supo reaccionar. Miró al hombre y vio en sus ojos bondad pero con palabras  de agradecimiento le dijo- Señor le agradezco su ofrecimiento, pero no es a usted a quién espero. Sé que mi marido aún está por llegar.
Y de esta manera se despidió de aquel hombre. Marchó a su casa y le comentó a su padre lo sucedido.
Su padre era un hombre bueno y amaba mucho a su hija. Comprendió lo que había hecho y le animó a que no perdiera la esperanza por ese amor, que su hija esperaba con paciencia.
Una semana más tarde, Ana volvió a la fuente .. Y cuando más absorta estaba llenando sus vasijas, apareció otro hombre, rudo y zafio y que aproximándose a ella la conminó a que lo oyera. Ana con serenidad lo miró a los ojos. Esperando las palabras de aquel  rústico que le habló de mala manera.- Mi hijo necesita una mujer, alguien que trabaje en el campo y lleve la casa. Te he visto muchas veces en la fuente y trabajas bien, aunque pierdes mucho el tiempo. Hablaré con tu padre para arreglar el matrimonio con mi hijo.
Ana recogió el cántaro y sin mirar al hombre se marchó.
Una vez más contó a su padre lo sucedido.
Este estaba cada día más enfermo,  sufría por el destino que le aguardaba a su hija si no encontraba pronto marido.
Las tierras seguirían en su poder, si conseguía que un hombre las pudiera trabajar. Si no era así, volverían a ser del señor del lugar.

Un día más Ana volvió a la fuente. Esta vez, quiso acabar pronto y marchar lo más rápidamente posible a su casa. Su padre había empeorado y su vida pendía de un hilo.
El agua de la fuente le confortaba y le venía muy bien para su dolencia.
Cuando regresaba, un hombre le salió al encuentro. Se asustó porque llevaba una máscara, este de manera jovial y con una voz agradable alabó su belleza y su simpatía.
 Ana quiso salir corriendo, pero el hombre le cortó el paso y cogiendo unos de sus cántaros se lo cargó encima de un hombro. Ana solo quería huir, llegar a su casa. Ese hombre no le inspiraba confianza y además iba oculto tras una mácara.
 Tenía una a voz seductora,  una conversación  agradable y maneras educadas.
Vestía con elegancia, y sus manos eran de un señor. Pues no estaban encallecidas por el trabajo del campo. Era un caballero que ocultaba su rostro. ¿Por qué?
La acompañó hasta su casa  una vez allí , desapareció como había aparecido.
 Días tras días la acompañaba. Hablaban, pero jamás lo hacía de si mismo. Ana se sentía feliz, reía y su esperanza en aquel hombre iba aumentando.
Cerca de las tierras de Ana, había un gran árbol. Su inmensa copa daba sombra a todo el camino. El árbol tenía unas grandes raíces que sobresalían de  la tierra formando caprichosas figuras.
Desde pequeña acostumbraba a sentarse bajo sus acogedoras ramas, y se echaba a dormir en los meses de verano, cuando era imposible dormir en aquella casa de techos de paja.
Cuando su madre murió, las lágrimas de Ana fueron derramadas en aquel lugar. El gran árbol parecía que la consolaba de sus penas, la acogía entre sus protectoras ramas.
Y así se fue convirtiendo en su amigo, en su refugio cuando era feliz y cuando estaba triste.

Pasaron los días, y aquel desconocido aparecía siempre a la misma hora para acompañarla, hablarle y conquistarla con hermosas palabras.
Las semanas y meses se sucedieron, y Ana cada día lo esperaba con ansia y deseo.
El desconocido no quiso decir nunca su nombre, no se dejó ver. La máscara era ya parte de su personalidad. Y Ana se acostumbró verlo así. Sin un rostro al que poder mirar.
Su amor  era real, lo amaba a pesar de no saber quién era. Se dejó amar y conquistar por aquel hombre.
Su padre preocupado, le quiso alertar sobre el engaño que sufriría.
Pero Ana no quiso oír nada. Solo vivía para el amor de aquel desconocido.
Un día el padre de Ana murió.  Ella se sintió culpable y lloró su pena bajo las ramas de aquel gran árbol.
Se sintió consolada, parecía que el árbol le hablaba.
Al día siguiente, apareció su amor desconocido. Ese que le enviaba cartas de amor y flores todos los días.
Sintió la muerte de su padre. Y Ana se lo agradeció.
Una vez más le habló de amor, de lo hermosa que era y de que él estaría siempre a su lado.
Ana se dejo amar, se entregó al desconocido.
Ella le pidió que se dejara ver, quería contemplar su rostro, quería saber quién era en realidad.
Pero no ocurrió. Su amado a quién se había entregado, no se quiso dar a  conocer.
Ana sintió que la pena habitaba en su alma; aquel desconocido no volvió jamás.
Pasó un día y otro. Y así semanas y meses y su amado nunca más volvió.
El árbol la acogía, Ana lloraba sin derramar lágrimas.
La tristeza se encerró en ella y ya no quiso abandonarla.
Ana un día decidió no vivir, dejó su casa. Y bajo las ramas de aquel árbol se quedó. Abrazada a su tronco se dejo mecer por el viento y poco a poco se durmió para no despertar jamás.
El gran árbol la abrazó entre sus ramas y poco a poco la fue recubriendo.
Y como una estatua se quedó para la eternidad; dormida como una ninfa, como una criatura del bosque.
Los años pasaron,  la gente que pasaba por aquel camino, contemplaba el gran árbol  con curiosidad. Era la figura de una mujer abrazada al árbol...
Nadie conocía la historia verdadera.La leyenda popular contaba la historia de una doncella enamorada del árbol….
                                                                         Consuelo.T.Ojeda


                                                                  

miércoles, 2 de febrero de 2011

Miedo y Yo


¡“Me asusta el viento”! -Una y otra vez repetía la frase en un monólogo sin fin-
La madre de Lucas le oía pero sin atender sus quejas.
Lucas asomado a la ventana contemplaba la calle; era un día ventoso, las ramas de los árboles bailaban al son de las ráfagas del aire que las agitaba como si fueran juncos en una charca.
Lucas tenía miedo de todo. Era un niño que “nació asustado”- Es lo que decía su madre-
Cuando había tormentas le daba miedo los truenos, si soplaba el viento pensaba que era un huracán.
Pero lo que más miedo le daba a Lucas era la oscuridad.
Por la noche siempre dormía con la lamparilla encendida.
Su imaginación no tenía límites.
Por todas partes veía monstruos verdes y dragones de siete cabezas.
A sus once años Lucas es el niño más miedoso y fantasioso de su pueblo.
No puede ver un perro ni desde lejos, le pone tan nervioso que se subiría al primer árbol que encontrara en su camino.
Otra de sus pesadillas son las arañas grandes o pequeñas solo ver una y sus gritos no son gritos, son alaridos de terror.
Su madre estaba tan acostumbrada a sus quejas y lamentos que ya no le prestaba atención.
En la escuela era objeto de burlas por parte de sus compañeros de clase.
Aún así a él no le importaba…Él siempre iba a lo suyo.
Un día Lucas jugaba en su habitación, cuando de pronto un ruido le sobresaltó, dio un respingo y mirando de soslayo pegó un grito llamando a su madre.
Su madre resignada le preguntó qué le pasaba.
A lo que Lucas desde su habitación y a gritos le contestó-¡He oído un ruido!
 Hijo no pasa nada- Le tranquilizó su madre-
De pronto vio moverse las cortinas; su curiosidad fue mayor que su miedo, se acercó hasta ella y la descorrió bruscamente.
Ante sus ojos vio un ser pequeño de ojos grandes y azules, nariz chata, orejas largas y redondas. Con tres dientes de conejo y con una piel que cambiaba de color como la de un camaleón.
Sus brazos eran cortos y sus manos al igual que sus pies solo tenían tres dedos.
Sonreía pícaramente a un Lucas que se había quedado helado de miedo.
¡Hola soy tu miedo! -Dijo muy serio- Y sería inútil decir que no te asustes.
 Lucas intentó reaccionar, salir corriendo y llamar a su madre. -¡Nada de eso pudo hacer! estaba clavado al suelo, no podía moverse de la impresión.
De un brinco aquel ser extraño se le subió al hombro.
Lucas gritó y gritó pero sus chillidos no pasaban a sus cuerdas vocales. Sus gritos eran mudos y sus piernas no le obedecían.
¡Soy tu miedo, soy tu miedo! -Repetía una y otra vez muy cerca de su oreja-
Lucas se dio por vencido y aterrado se dejó caer al suelo.
El ser extraño saltó antes de caer Lucas,  y subido a la mesa del escritorio le habló. Todo esto cambiando de color.
-Te acompañaré mientras viva y ya tienes edad para saber que existo. Pero tengo que decirte que eres la criatura humana más miedosa que he visto en mi larga vida. Soy tan antiguo como el mismo mundo.
La naturaleza me ha encomendado este trabajo y debo decirte que no estoy contento; he asustado a humanos mejores que tú.
Mi misión es la de ir siempre contigo, advertirte de los peligros causándote miedo, pero no de evitarlos. Para eso están los “seres celestiales” y tu propio instinto de conservación.

El extraño ser tenia una voz burlona, su mirada era inteligente, misteriosa, antigua.
Lucas siguió oyéndolo casi hipnotizado, por momentos pasaba del miedo al mayor de los asombros.
Y sentado en el suelo porque no se atrevía a moverse, asentía con la cabeza a todo lo que la insólita criatura le estaba contando.
-Los miedos acompañamos a todos los seres humanos desde la cuna. Pero nos no hacemos presentes hasta una edad razonable. Cuando sois capaces de pensar, aceptarnos y de convivir con el miedo. Y tu miedo soy yo.
Lucas no sabía que decir no entendía nada de lo que le estaba pasando.
Pero curiosamente, conforme iba escuchando a aquel personaje sentía más y más curiosidad por él. Su asombro era mayor que su temor.
¡Caramba! No tenia miedo,por primera vez en su vida no temblaba.
Miedo, hablaba y hablaba sin parar. Paseaba por la habitación curioseándolo todo. Su voz chillona asustaba tanto a Lucas como sus alocados cambios de color. No caminaba, brincaba. Sus brincos eran cortos y tan rápidos que ningún canguro podría competir con él ni en rapidez y altura.
-Caminaré contigo por la calle y te advertiré de los peligros.
Pero como yo soy un sentido solo te lo advertiré.
Por fin Lucas se decidió a hablar. Venciendo su timidez y todavía asombrado le preguntó-Dices que has estado siempre conmigo, ¿Por qué entonces no te has hecho visible hasta ahora?
Miedo con cara de fastidio -le contestó farfullando-Joven te he dicho que hasta que no tuvieras una edad adecuada no me haría visible. Los humanos sois criaturas inseguras y a pesar de eso, cuando os acostumbráis a algo extraordinario le perdéis el respeto y os envalentonáis.
¡La vida es un don de Dios y hay que respetarla!
Te voy a decir una cosa , desde que nacéis estáis sujeto a la protección del Todopoderoso, el os cuida enviando a  criaturas celestiales (ángeles les llamáis vosotros).Cuando os hacéis mayores ellos siguen estando ahí, pero el instinto de conservación toma el relevo para que esas criaturas celestiales actúen cuando el peligro sea evidente.
Lucas lo miraba y una mueca en forma de sonrisa se asomó a sus labios.
¿De qué te ríes?- le preguntó molesto Miedo.
Pienso-dijo Lucas- que  eres muy extraño para ser un sentido yo no te habría imaginado así.
Te equivocas. Así me imaginas tú, ningún miedo es así. ¡Por eso estoy molesto contigo, no solo eres la persona más miedosa de todo el Universo sino que encima no tienes ni pizca de imaginación!
-Me ves como un conejo. Cada miedo toma la forma que vosotros los humanos  imagináis.-
Lucas pensativo no dejaba de darle vueltas a la cabeza. -¿Por qué la representación de sus miedos se parecía a un conejo? -¿Por qué no a un dragón de siete cabezas?
O mejor a un gran perro baboso, unas de sus terribles  pesadillas.
-Tiene que tener una explicación, le preguntaré a mi madre-
Miedo sabía la respuesta, por eso le indignaba más. Conocedor de todos sus miedos y fobias, Lucas lo tenía desconcertado.- Chico eres una criatura muy compleja te da tanto miedo todo que me tienes asombrado, te asustas hasta de tu propia sombra. Y un miedo como yo, tiene que ser serio y no tener ni pizca de humor; pero tú me haces perder la compostura Ja, ja, ja.
 Y revolcándose de la risa por el suelo fue cambiando de color como un semáforo.
Lucas se frotaba los ojos no creyendo nada de lo que estaba viendo ¿Y eso era la representación de todas sus angustias?
Muy enfadado por las burlas de aquel ser insólito salió corriendo de su habitación.
Deseando que desapareciera para siempre.
Nada de eso ocurrió. Bajó deprisa las escaleras dirigiéndose a la cocina en busca de su madre que en esos momentos estaba haciendo unas riquísimas natillas. Se acercó tan despacio a su madre que ésta dio un sobresalto,asustándose.
También Lucas se asustó lo que enfadó mucho a su madre.
-¡Ya me estoy cansando de tus miedos, Lucas! Si sigues así hablaré con tu padre y te llevaremos a un psicólogo para que trate este problema tuyo.
Lucas no daba crédito a lo que estaba oyendo-Mamá los psicólogos son para gente que no está bien de la chaveta y yo estoy bien de la cabeza-
-Lo que pasa es que soy un poco miedoso nada más-
La madre de Lucas lo miraba y para sus adentros se reía de las ocurrencias de su hijo, pensando que no tenía remedio.
Ni el mejor de los psicólogos acabaría con los miedos de su hijo.
Lucas no se dio cuenta pero toda esta escena con su madre fue presenciada por Miedo que entre divertido y asombrado no se perdía nada de lo que estaba ocurriendo.
Subido sobre la nevera no dejaba de cambiar de color. Los estados de ánimo del chiquillo lo tenia tan alterado que ya se le había olvidado su color original.
De todas las maneras siguió observando aquella charla entre madre e hijo, curioso siempre de las reacciones de los humanos.
-¿Sabes que cuando tenias dos años el tío Alfonso te regaló un pequeño conejo?
Unos de esos conejitos blanco como la nieve y con aspecto dócil que enternecía con solo mirarlo.
Pero nada de eso. ¡Tenia tan mal humor! que cuando fuiste a acariciarlo te dio tal mordisco que casi te arranca un dedo.
¡Lloraste tanto que ya no quisiste ver a ningún animal cerca de ti!
Miedo cansado, terminó por acurrucarse sobre unas servilletas que tenia la madre de Lucas sobre la nevera y se dejó llevar por la tranquila conversación de madre e hijo, quedándose dormido como un lirón en su madriguera.
-¡Así que un conejo blanco y pequeño era el principio de mis miedos y terrores!
Aquel conejo por poco me arranca un dedo y fue el culpable de que me dieran miedo los animales, las tormentas y hasta mi sombra….
¿Pero que tenia que ver las tormentas con los conejos?
¡Sin duda alguna soy un niño bastante raro como me dice Miedo!
-Ese conejo tiene la culpa de relacionar todos mis temores con un mordico. Y de ver a Miedo como un conejo gigante,.Quisiera saber como son los miedos de otras personas; que formas tienen y si son tan chistosas y burlonas como Miedo.
 Hace varios días que no se deja ver y lo echo de menos.
Mamá me ha dicho esta mañana que me ve distinto, más maduro como si hubiese crecido.
Tal vez tenga razón quizás haya cambiado.
Duermo bien por las noches. Ya no dejo encendida la lamparilla de la mesita de noche. Ni molesto a mamá por la noche cuando oigo algún ruido.
-Sigo sin saber donde se ha metido Miedo. Es todo un misterio….
Siempre culpé de mis miedos a un perro que hay en mi calle. Un perro baboso que me espera todos los días a la salida del colegio; en la esquina de la calle por la que yo paso. Se esconde en unas cajas de madera que su dueño amontona en un rincón. Su amo es el frutero del barrio.
Perro y dueño se parecen. El perro es un bóxer mal encarado que la tiene tomada conmigo.
Me aguarda el muy traicionero solapado detrás de las cajas. Echando a correr detrás de mí con gran alborozo por parte de su dueño .Nunca he odiado tanto a un animal.
Mi madre me dice que solo quiere jugar conmigo. Veo en esos ojillos saltones unas ganas locas de darme un buen mordico en el trasero.
Dicen que los perros huelen el miedo.
Y este perro ha encontrado en mí al “rey de los sobresaltos”.
 Miedo lleva semanas sin aparecer, creo que se ha marchado. Ni siquiera se ha despedido. ¡Con tanto siglos como dice que tiene no ha aprendido normas de cortesía!
Un día tuve que hacer un recado para mamá a la mercería de la esquina. La esquina, aquello era “territorio comanche” allí estaba mi enemigo, al acecho….
Decidido salí de mi casa. Con “cuatro ojos” me dirigí hacia la mercería. Nada a la vista. Todo tranquilo, el enemigo no daba señales de vida. Ya veía la mercería, para mí era como una frontera, una tabla de salvación…
 De repente allí estaba el muy traidor, sentado delante de la puerta de la tienda…
El perro me miraba desafiante.
Entrar en la mercería suponía pasar por encima del chucho y no parecía muy dispuesto a dejarme pasar.
Crucé la calle me dirigí hacia la tienda.
Tenía la boca seca el  temblor se apoderó de mis piernas, apenas podía tirar de ellas. ¡Ese perro no podía ganarme la partida!
Conforme me iba acercando no me quitaba esos ojillos vidriosos de encima.
Cerca de la mercería el perro hizo su mejor jugada, se tendió a lo largo de la puerta no dejándome pasar ¡Tendría que saltar sobre el dichoso perro! -valor, valor me decía una voz interior (mamá no estaba conmigo)
Al intentar entrar en la tienda, dio un salto sobre mí.
En ese momento me vi muerto, despedazado por semejante bestia…
Pero no ocurrió así. El perro se echó sobre mí lamiéndome la cara y llenándome de su asquerosa baba.
Saltaba, ladraba a mí alrededor pidiéndome juego. Yo asombrado no sabía qué hacer.
¡No era una bestia terrorífica y fiera! (como yo imaginaba)
Era un perro cariñoso y juguetón.
Solo quería ser mi amigo. Me acompañó hasta la puerta de mi casa. Y me atreví a hacerle un acaricia en la cabeza. Me lo agradeció dándome un lametazo en la mano con su enorme lengua.
El frutero presenció toda la escena desde la puerta de su establecimiento, nos vio pasar y una enorme sonrisa asomó a su cara mofletuda.
Cuando se lo conté a mi madre no se lo creía ¡que alegría le di!



¡Hoy había sido un gran día para mí!
Un obstáculo más que había salvado. Y tenía un nuevo amigo, el que más miedo me había dado durante años…
Todo esto lo estaba pensando cuando de pronto escuché una voz detrás de mí.
¡Miedo estaba allí!-¿dónde has estado durante estos días?´- Tenía un suave color azul casi transparente. No cambiaba de color intermitentemente como lo hacía antes. Sus movimientos eran suaves y tranquilos.- ¿Estás enfermo?
Miedo sonriendo me contestó-No me he ido a ningún sitio siempre estoy a tu lado, pero no me he dejado ver.
Has progresado mucho durante estos días y la verdad me tienes muy, muy sorprendido.
Lucas muy emocionado le preguntó- ¿Entonces sabes que el perro es amigo mío? ¿Tú tienes algo que ver en todo esto?
Miedo le contestó divertido-¡Noooo, yo solo estoy aquí para advertirte de los peligros no para que hagas amigo!
Hacer amigos es tu misión.
-¿Porqué tienes ese color azul ya no cambias de color como un semáforo?-le preguntó Lucas extrañado.
Yo soy una prolongación de ti, tus estados de ánimo me influyen y los cambios de colores eran fruto de tu propia angustia e intranquilidad.
 Pero has cambiado. Ahora estás tranquilo, sosegado. Tus miedos se han apaciguado. Yo soy tu espejo.
Conforme vayas creciendo mi presencia se irá diluyendo, tus miedos irán desapareciendo con la edad.
Los miedos infantiles los superarás.
Con la edad surgirán otros miedos y preocupaciones. Como verás los miedos nunca dejarán a los seres humanos. Nacen con ellos y mueren con ellos.
Siempre acompañaré a los humanos como  advertencia, como precaución. ¿Y por qué no? ¡Para fastidiaros con miedos irreales!-
 -Miedo, mi miedo era especial y divertido…. Nada tenía que ver con la angustia ni el temor. Es mi amigo.
                                                                                                   Consuelo.T.Ojeda.



domingo, 23 de enero de 2011

La granja de tía Coclo





 Era la más vieja de la granja, todos las veneraban por vieja y por sabia.
Los consejos de la tía Coclo eran respetados y agradecidos, nadie se iba a dormir sin escuchar una larga retahíla sobre su larga y azarosa existencia.
¡Gallina vieja, hace buen caldo! De cómo librarse de la olla del puchero la vieja gallina podía dar grandes lecciones de supervivencia.
Cual una indiana Jones  gallinácea fue sorteando obstáculos insalvables.
 Fue perseguida, acosada y dada por imposible; pues no se dejaba atrapar.
 Por esto fue considerada la primera  heroína del gallinero.
 Nunca puso un huevo, jamás un pollo la cortejó; aun así era la madre de todas las gallinas y gallos de la granja.
Tan solícita era nuestra vieja gallina que ayudó a empollar todos los huevos de la granja, pues siempre se prestaba a ello cuando las futuras mamás gallinas tenían que salir al corral para comer y cacarear.
Las mamás gallinas orgullosas de la vieja Coclo la ponían de ejemplo a sus hijos.
La veterana gallina tenía mucho que enseñar a los jóvenes pollos. (De cómo correr delante de los granjeros y no ser atrapados para terminar en una cazuela)
Recibirían lecciones prácticas de supervivencia:
Tener ojo avizor.
2º“Dormir con un ojo abierto”.
3º Correr todo lo que se pueda sin mirar atrás.
4º Subir al palo más alto que halla en la granja lejos del alcance del granjero; “si se puede al tejado”.
5º Tener la mentalidad de un águila y volar, volar, aunque no se llegue muy lejos.
Éste era el código del superviviente en la granja de la tía Coclo.  
Los pollos con mucho interés recibían las lecciones de la vieja gallina que como una guerrillera impartía las clases al estilo militar.
Existía una leyenda en la granja desde hacía mucho tiempo. Se hablaba de un lugar donde las aves vivían una vida feliz hasta morir de viejos, sin acabar sus días en un puchero ¡Claro que nadie de la granja había conocido a alguien que les confirmara la realidad de aquel paraíso!
Todas esas historias son pura leyenda
-dijo el gallo más viejo del corral-
Serán leyendas, pero yo oí hablar una vez a un pato de esa misma historia y te aseguro que ése pato un día se marchó y el granjero nunca más supo de él-comentó tía Coclo-
-¡El paraíso de las gallinas! Todo es una trola ¿Para qué hacerse ilusiones? Éste es nuestro mundo y no creo que halla humanos que  quisiera hacer por las gallinas algo así-comentó muy enfadada una gallina gorda como una calabaza-
Coclo oía atenta a unos y a otros. Pero su pensamiento estaba en otro sitio.
Y pensando, pensando, decidió poner atención a todo lo que hablaban los humanos. Esos sí sabrían algo…..
Cuando el gallo cantó anunciando el día,
Coclo ya estaba esperando al granjero subida a un palo, “salvando las distancias con el hombre” pues no se fiaba de las reacciones de los humanos.
Sigilosamente lo persiguió durante todo el día. Poniendo atención a todo lo que hablaba con su mujer.
Picoteaba la tierra en busca de semillas y  ¡Oooooh, un suculento gusanillo que se llevó al coleto!
 Extrañado el granjero de que  la vieja gallina le siguiera como un perro faldero, se lo comentó a su mujer -La vieja Coclo no para de seguirme; ésta gallina rebelde que no deja que nadie se le acerque debe estar perdiendo la cabeza.
-¡Dale confianza y atrápala. Ya va siendo hora de que esa vieja gallina acabe en la olla, hará un buen caldo. —comentó la mujer.
A la vieja Coclo se le puso las plumas de puntas y salió corriendo como si se la llevara un torbellino.
 ¡Tenía que cambiar de estrategia si quería seguir viva! Vigilaría pero sin dejarse ver.
De ahora en adelante escucharía  detrás de las puertas a buen recaudo del granjero y de su esposa.
Los días pasaban y Coclo no oía ninguna conversación interesante.
Los problemas del granjero eran; que las gallinas ponían pocos huevos y que tenía demasiados gastos.
Los de su esposa no eran distintos.
Eso sí, deseaba que Coclo terminara sus días en la olla.
La vieja gallina no dormía por las noches. Soñaba que la granjera venía buscarla cuchillo en mano para cortarle el pescuezo y guisarla en pepitoria.
Convocó en asamblea a todo el gallinero.
Y les comunicó su preocupación.
Esto dejó muy intranquilo a todo el corral. Que su líder estuviera en el punto de mira de la granjera era muy grave.
Acordaron que todas las noches vigilaría uno. Para que la heroína pudiera descansar y seguir acechando a los granjeros en busca de las ansiadas novedades.

Camuflada como en sus mejores tiempos de “guerrillera gallinácea”, confundida con los matojos, detrás de las tapias, subida a los tejados, persiguió al granjero durante semanas.
La frustración se fue adueñando de todos pues no tenían noticias de su ansiado paraíso.
Un día apareció por la granja un vecino del pueblo. Coclo dio la voz de alerta a toda la granja.   
Cuando entraron en la casa, la gallina saltó hasta el alféizar de la ventana, y puso atención a todo lo que allí se dijo.
-Diez gallinas desaparecieron de mi granja hace un par de semanas- dijo el visitante-
Sé que escaparon por la noche y nada sé de ellas desde entonces.-
¿Adónde van a ir unas gallinas? Terminaran atropelladas en alguna carretera. -dijo el granjero-
-Tengo entendido que hay un lugar donde las gallinas viven en libertad, donde pueden morir de vieja sin que acaben en la olla. Una especie de paraíso para aves o gallinas.
-¡Eso no puede ser cierto! Un paraíso de gallinas vaya tontería-dijo la mujer del granjero- riendo a carcajada.
-Algo de eso he oído en el pueblo -¿Te imaginas si nuestras gallinas se enteran de una cosa así? ¡Sería nuestra ruina!
-¿Y se puede saber dónde está ese paraíso? –preguntó la granjera bromeando-
No lo sé, dicen que de eso se encarga ciertos grupos de gallos que se hacen llamar “los rescatadores”. El lugar secreto según he oído está camuflado entre las montañas. ¡Un lugar idílico!- comentó desconcertado el visitante.
-No me creo que nadie sepa dónde está ese lugar ¡Ya no hay secretos! -dijo el granjero muy enfadado-
A Coclo ésta conversación  le puso las plumas como escarpias .La leyenda era cierta. ¡Que alegría!
Saltó del alfeizar de la ventana y como una bala salió disparada hacia el gallinero cacareando y tocando a retreta.
Todo el gallinero se reunió en perfecta formación. La cabecilla de la futura fuga los puso al corriente de las últimas novedades.
Contentos y esperanzados por la noticia decidieron ponerse “patas” a la obra y buscar los contactos para salir de la granja cuanto antes.
Coclo más entusiasta que nunca, siguió espiando a los granjeros durante los días siguientes a la buena nueva.
 Una noche cuando el gallinero dormía y el centinela de turno hacía su guardia, apareció un extraño que se dirigió al guardián.
Era un guapo gallo. Le dijo al centinela que quería entrevistarse con la vieja gallina.
 Coclo quedó impresionada por aquél valiente.
Éste gallo era de “los rescatadores”; se encargaría de sacar a todas las gallinas, gallos, patos y otras aves que quisieran dejar la granja.
Y llegó la noche. Todos en una larga fila y en un silencio fantasmal fueron saliendo de la granja.
Los pequeños pollitos dormían tranquilos debajo del ala de sus madres que atentas al  menor ruido esperaban ansiosas la llegada de “los rescatadores”.
Coclo, con sus plumas de camuflaje se hizo con la cabeza del numeroso grupo.

Escondidos por las veredas, atravesaron carreteras, campos y bosques. Ocultos por el día y viajando por la noche llegaron a un valle, verde e impenetrable como una selva. Discurría un gran río que turbulento bajaba por una ladera tan alta y escarpada como una montaña del Himalaya.
El variopinto grupo de gallinas y ánades, miraban asombrados aquel paraíso que sus inocentes ojos jamás habían osado ver. Habían nacido en una granja, jamás vieron otra cosa que no fueran humanos, vallas y corrales.
Coclo emocionada y alterada por los constantes guiños de un gallo de “los rescatadores” corrió ladera abajo, disfrutando de la libertad estrenada. Tal entusiasmo puso que cayó rodando por un precipicio, el gallinazo que dio fue colosal.
 ¡Ni un jefe de estado recibió tantos honores ni tantos agradecimientos!
Fue llorada por todos. Pero aún fue más “añorada” por la esposa del granjero que se quedó sin gallinas y con las ganas de echarle el guante y desplumar  a la más rebelde del corral. RIP.
                                                                                                                     Consuelo.T.Ojeda

sábado, 22 de enero de 2011

Soy una gota de agua



Soy una goooota de agua. Mi madre es una gran nube.Tengo millones de hermanas que juntas caemos sobre la tierra.
Nacemos de los mares y grandes ríos,
cuando el calor del sol evapora a mi abuela  la humedad. Entonces nace mi madre la nube.
Después de crecer y ponerse inmensa cambia de color, del gris a negra y colisiona con un nubarrón malencarado que es nuestro padre y nacemos nosotras la lluvia
¡Como nos gusta viajar! Cuando el viento mi tío nos lleva de un lugar a otro.
Cruzamos altas montañas, valles y ríos, ciudades y pueblos en nuestro recorrido.
Cuando llegamos al mar el viento azota los grandes barcos que como cáscaras de nueces bailan al son de de las olas.
Temibles nubarrones ponen la música a aquella danza invencible, donde los barcos luchan para evitar el naufragio.
Gotas minúsculas como yo, aguardan dentro de nuestra madre para caer cuando los jóvenes nubarrones pierden su fuerza e ímpetu y la furia del viento se apacigua.
 Los días que papá nubarrón tiene un mal encuentro con otros furibundos nimbos, ¡Menudo concierto se forma en la atmósfera! Miles de rayos y truenos se disputan a ver quién es más ensordecedor.
Cuando  mi padre está de malhumor va de negro negrísimo.

                                            




Hoy mamá nube lleva tronando todo el día, mi padre el muy caradura está en el Caribe y le ha comentado que se ha encontrado con una antigua amiga; una tormenta tropical más peligrosa que un tsunami japonés.
Dice que nació en Cuba al son del ritmo caribeño, lleva detrás de ella  una cohorte de jóvenes rayos que la anuncian ruidosamente por donde quiera que va.
Es tan turbulenta, que es la más temida de todas las tormentas que por allí aparece.
Por eso madre está tan furiosa, y no ha parado de retumbar. Por un momento deja al sol brillar y al instante, empieza a cubrir el cielo de nubes, tronando y dejando caer agua furiosamente….
Yo estoy en la tierra para cumplir de nuevo el ciclo de la lluvia.
Truenos y más truenos se han desencadenado iluminando los cielos. Así se presentó la tormenta caribeña y mi padre se dejó llevar por el temperamento de la cubana; arrasaron playas, arrancaron todo lo que se puso por delante, cientos de barcos naufragaron y encallaron en la costa.
Fueron la comidilla de los humanos durante semanas.
Cuando llegaron a nosotros se  les había aplacado el frenesí.
¡No sé qué le habrá visto a esa bruja “tropicana”- tronaba mamá!
Mamá decía que venían cargados de  ron caribeño.
Cuando llegaron hasta nosotras ya les esperaba con unos truenos de mil demonios. Toda la fuerza la habían perdido en la costa, así que mamá puso toda la furia. Nuestro tío el viento hizo  todo lo demás empujando a los dos juerguistas mar adentro y convirtiéndolos en una borrasca de verano. Entre ella y mi padre colocó un anticiclón que durante varias semanas le impidió acercarse a mi madre.
Durante ese tiempo adornamos el cielo con las más hermosas y blancas nubes; un cielo azul con unas grandes y esponjosas pinceladas.
No tardaría mucho tiempo en aparecer negro y amenazador mi padre el gran nubarrón........                                                                                                                                  Consuelo.T. Ojeda.