En un lejano país vivía una joven campesina. Era una chica linda pero no la más bella del lugar. Era agradable y simpática y por ello era admirada y querida. Trabajaba de sol a sol ayudando a su padre en las pocas tierras que poseían.
Tenía por costumbre ir a por agua a la fuente del pueblo. Era una fuente grande con un gran pez en medio; de la boca del pez salía un gran chorro de agua. Sus aguas tenían famas de curativas.
Una mañana cuando Ana (así se llama nuestra protagonista) llenaba su cántaro en la fuente, apareció un hombre mayor que acercándose a ella le comentó – Soy un rico comerciante, necesito a una esposa pues soy viudo y con cinco hijos a mi cargo. Te he visto muchas veces venir a la fuente por agua, eres trabajadora y bella. Te pido que te cases conmigo, tendrás dinero y riquezas y jamás tendrás que volver a la fuente por agua.
Ana, no supo reaccionar. Miró al hombre y vio en sus ojos bondad pero con palabras de agradecimiento le dijo- Señor le agradezco su ofrecimiento, pero no es a usted a quién espero. Sé que mi marido aún está por llegar.
Y de esta manera se despidió de aquel hombre. Marchó a su casa y le comentó a su padre lo sucedido.
Su padre era un hombre bueno y amaba mucho a su hija. Comprendió lo que había hecho y le animó a que no perdiera la esperanza por ese amor, que su hija esperaba con paciencia.
Una semana más tarde, Ana volvió a la fuente .. Y cuando más absorta estaba llenando sus vasijas, apareció otro hombre, rudo y zafio y que aproximándose a ella la conminó a que lo oyera. Ana con serenidad lo miró a los ojos. Esperando las palabras de aquel rústico que le habló de mala manera.- Mi hijo necesita una mujer, alguien que trabaje en el campo y lleve la casa. Te he visto muchas veces en la fuente y trabajas bien, aunque pierdes mucho el tiempo. Hablaré con tu padre para arreglar el matrimonio con mi hijo.
Ana recogió el cántaro y sin mirar al hombre se marchó.
Una vez más contó a su padre lo sucedido.
Este estaba cada día más enfermo, sufría por el destino que le aguardaba a su hija si no encontraba pronto marido.
Las tierras seguirían en su poder, si conseguía que un hombre las pudiera trabajar. Si no era así, volverían a ser del señor del lugar.
Un día más Ana volvió a la fuente. Esta vez, quiso acabar pronto y marchar lo más rápidamente posible a su casa. Su padre había empeorado y su vida pendía de un hilo.
El agua de la fuente le confortaba y le venía muy bien para su dolencia.
Cuando regresaba, un hombre le salió al encuentro. Se asustó porque llevaba una máscara, este de manera jovial y con una voz agradable alabó su belleza y su simpatía.
Ana quiso salir corriendo, pero el hombre le cortó el paso y cogiendo unos de sus cántaros se lo cargó encima de un hombro. Ana solo quería huir, llegar a su casa. Ese hombre no le inspiraba confianza y además iba oculto tras una mácara.
Tenía una a voz seductora, una conversación agradable y maneras educadas.
Vestía con elegancia, y sus manos eran de un señor. Pues no estaban encallecidas por el trabajo del campo. Era un caballero que ocultaba su rostro. ¿Por qué?
La acompañó hasta su casa una vez allí , desapareció como había aparecido.
Días tras días la acompañaba. Hablaban, pero jamás lo hacía de si mismo. Ana se sentía feliz, reía y su esperanza en aquel hombre iba aumentando.
Cerca de las tierras de Ana, había un gran árbol. Su inmensa copa daba sombra a todo el camino. El árbol tenía unas grandes raíces que sobresalían de la tierra formando caprichosas figuras.
Desde pequeña acostumbraba a sentarse bajo sus acogedoras ramas, y se echaba a dormir en los meses de verano, cuando era imposible dormir en aquella casa de techos de paja.
Cuando su madre murió, las lágrimas de Ana fueron derramadas en aquel lugar. El gran árbol parecía que la consolaba de sus penas, la acogía entre sus protectoras ramas.
Y así se fue convirtiendo en su amigo, en su refugio cuando era feliz y cuando estaba triste.
Pasaron los días, y aquel desconocido aparecía siempre a la misma hora para acompañarla, hablarle y conquistarla con hermosas palabras.
Las semanas y meses se sucedieron, y Ana cada día lo esperaba con ansia y deseo.
El desconocido no quiso decir nunca su nombre, no se dejó ver. La máscara era ya parte de su personalidad. Y Ana se acostumbró verlo así. Sin un rostro al que poder mirar.
Su amor era real, lo amaba a pesar de no saber quién era. Se dejó amar y conquistar por aquel hombre.
Su padre preocupado, le quiso alertar sobre el engaño que sufriría.
Pero Ana no quiso oír nada. Solo vivía para el amor de aquel desconocido.
Un día el padre de Ana murió. Ella se sintió culpable y lloró su pena bajo las ramas de aquel gran árbol.
Se sintió consolada, parecía que el árbol le hablaba.
Al día siguiente, apareció su amor desconocido. Ese que le enviaba cartas de amor y flores todos los días.
Sintió la muerte de su padre. Y Ana se lo agradeció.
Una vez más le habló de amor, de lo hermosa que era y de que él estaría siempre a su lado.
Ana se dejo amar, se entregó al desconocido.
Ella le pidió que se dejara ver, quería contemplar su rostro, quería saber quién era en realidad.
Pero no ocurrió. Su amado a quién se había entregado, no se quiso dar a conocer.
Ana sintió que la pena habitaba en su alma; aquel desconocido no volvió jamás.
Pasó un día y otro. Y así semanas y meses y su amado nunca más volvió.
El árbol la acogía, Ana lloraba sin derramar lágrimas.
La tristeza se encerró en ella y ya no quiso abandonarla.
Ana un día decidió no vivir, dejó su casa. Y bajo las ramas de aquel árbol se quedó. Abrazada a su tronco se dejo mecer por el viento y poco a poco se durmió para no despertar jamás.
El gran árbol la abrazó entre sus ramas y poco a poco la fue recubriendo.
Y como una estatua se quedó para la eternidad; dormida como una ninfa, como una criatura del bosque.
Los años pasaron, la gente que pasaba por aquel camino, contemplaba el gran árbol con curiosidad. Era la figura de una mujer abrazada al árbol...
Nadie conocía la historia verdadera.La leyenda popular contaba la historia de una doncella enamorada del árbol….
Consuelo.T.Ojeda


me encanto
ResponderEliminar