Al pasar la barca

Al pasar la barca

viernes, 12 de noviembre de 2010

El hombre de la piel de patata

Hace mucho tiempo en  una lejana región vivía un pobre hombre, su aspecto producía tal repulsión a los vecinos del lugar que el infeliz alejado de todos, vivía su mísera existencia.
Su desgracia no tenía remedio; fue el mejor carbonero de la región, era tan  solicitado en su oficio que no daba abastos con la demanda de carbón.
Un día le sobrevino la desgracia; hubo un incendio en la carbonería, en su afán por intentar salvar sus enseres más preciados, su ropa se prendió; y el fuego como las fauces de un dragón lo abrasó dejándolo horriblemente desfigurado.
Desde aquel día su vida cambió; meses de sufrimiento y de dolor se sucedieron. Más de una vez los galenos le dieron por muerto, tal era su aspecto.
El tiempo pasó, era un auténtico milagro que estuviera vivo; nada más se podía hacer por él.
Volvió de nuevo a las ruinas de la carbonería, era todo lo que le quedaba. Poca caridad encontró en aquél pueblo, todos les dieron la espalda; la soledad se convirtió en su más fiel compañera.
Ocurrió que a las afueras de la villa, apartado en el silencio y la paz del campo, había un pequeño monasterio, viejos monjes cuidaba de aquellas vetustas piedras en medio del recogimiento y la oración.
No se sabe cómo, llegó a oídos del abad la desgracia de este hombre; envió a unos de esos humildes frailes con los pocos alimentos que la huerta del monasterio producía. Era un año malo de cosecha y la escasez era penosa.
Algunos tomates, un poco de queso, pan de centeno y patatas, ¡un gran saco de patatas! todo esto trajo consigo aquel buen frailecillo.
Durante días acompañó a nuestro carbonero; le curó con hierbas sus quemaduras, aún sin cicatrizar, le dio conversación y así alivió, su terrible abatimiento. Y algo muy importante le ayudó a  reconstruir el hogar para tener un lugar digno, donde vivir.
Pasó los dias, el fraile tuvo que marchar de nuevo al monasterio, no sin antes prometerle, que volvería de nuevo.
El fraile cumplía su palabra visitándolo, comía con él y no  le hacia sentirse repulsivo por no tener piel.
Como en el monasterio la variedad culinaria dejaba bastante que desear, el pobre fraile  siempre le traía lo mismo….patatas; en eso eran pródigos.
El carbonero lo agradecía como el más sabroso de todos los manjares.
Lo cierto es que en la carbonería  destartalada en la que vivía, no había carbón pero sí una gran cosecha de patatas.
Como el tiempo transcurría muy lentamente para una persona que no hacia nada, echó a volar la imaginación, y para olvidar todas sus desgracias se dedicó a esculpir figuritas con las patatas allí almacenadas, era divertido ver el puchero con figuritas de patatas flotando en el caldo.
Por aquí un caballo, por allá un cordero, una gran fauna de animalitos domésticos y del bosque flotaba en la olla dando un aspecto sorprendente al pobre alimento.
Las mondas de las patatas se acumulaban junto al asiento del carbonero; al recogerlas para tirarlas se quedó mirándolas pensativo; eran mondas muy claras parecía piel humana, cogió una tira y la puso sobre su mano descarnada y ¡OH milagro! La piel de la patata se pegó a sus manos, como si de una segunda piel se tratara. Hizo otro tanto con su cara, y la piel de patata, se fue adhiriendo a su rostro mágicamente. Así siguió hasta cubrir todas las zonas quemadas de su cuerpo.Un prodigio había sucedido; ya no estaba desfigurado su rostro se podía mirar, no era un monstruo.
Cierto que su piel no tenía la misma textura de antes, que parecía acartonada, que tenia que beber mas agua de lo normal para mantenerla tersa, pero era feliz.
Ya podía pasearse por el pueblo, ya nadie le miraría mal, los niños no se asustarían al verlo; ni correrían hacia sus madres llorando espantados, no le llamarían nunca más monstruo.
Durante los meses del verano su piel empezó a volverse de un tono verdoso claro, que conforme iba pasando los días, fue cobrando intensidad, hasta que tomó el color de un verde manzana. Su angustia y desperación fue en aumento, no se atrevió a salir en semanas. Hasta que una mañana, al levantarse, comprobó que su piel de patata había vuelto a la normalidad.
Tras días pensando, ¿que fue lo que le ocurrió? la respuesta se la dio las mismas patatas que tenía plantadas en el corral.
Ya estaban maduras para ser sacadas de la tierra.
Su piel era de patata y durante la época de crecimiento y madurez de la patata, su piel sufría la misma metamorfosis que la planta. Estaba unido a ella para siempre.
Claro que pensando, pensando, también se le ocurrió que… ¿por qué tanta insistencia, por parte de aquel frailecillo en traerle  tantas patatas?
Esto no le importó, su agradecimiento era infinito. Y aunque todos los años su piel cambiaría de color durante unos meses, el
resultado final merecía la pena. 
 Volvió de nuevo a su antiguo oficio de carbonero; todavía había gente que lo miraba mal, pero seguía siendo el mejor en su oficio. Cuando pasaba pregonando su carbón, los niños le llamaban…. ¡piel de patataaa¡- pero a él no le importaba
  Sonreía y seguía su camino.
“Algo intrigaba a la gente del lugar”- ¿Por qué durante cierta época del año el carbonero no se dejaba ver?....-
                                                      Consuelo.T.Ojeda.

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